Saturday, March 7, 2026
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El medioevo criollo y el Pensamiento Hostosiano

Apolinar García Henríquez

Al analizar cualquier obra sobre la historia de las ciencias, el lector puede percatarse de que una de las consecuencias del desarrollo del pensamiento científico ha sido el abandono, por parte de los hombres, de ciertos mitos y creencias religiosas, productos de la imaginación, la fantasía y la incapacidad de dar una explicación racional a determinadas interrogantes de la vida y del mundo circundante.

En ese sentido, el desarrollo del pensamiento científico permitía al hombre tener un dominio más amplio de la realidad, pero bajo una lucha a muerte con la ideología religiosa, ya que los fenómenos de la materia fueron desprovistos de toda vinculación con lo trascendente. Dicho de otra manera, la ciencia pasaría a ser la verdad de lo real y la religión, la verdad de lo imaginario.

Es bien sabido que la Iglesia católica instauró su dominio ideológico desde el mismo momento del descubrimiento. No podía ser de otra manera, ya que España, dominada por un régimen confesional, hubo de crear las condiciones propicias para la difusión del credo católico. Así, el Estado español y la Iglesia formaron un bloque monolítico en los territorios conquistados. Tal realidad se mantuvo inalterable durante todo el periodo colonial, pues las propias condiciones económicas contribuyeron a crear una sociedad de carácter rural, donde la religión se convirtió en uno de sus principales elementos. Esto significa que la religión se asociaba más íntimamente a las formas de economía y de vida de tipo rural-agrario que a las de tipo urbano-industrial.

El espíritu ilustrado, característico del medio urbano-industrial, apenas dejaba espacio para la religiosidad ingenua y la fe en la existencia de poderes sobrenaturales. Por lo tanto, la vida rural-agraria, con su proximidad a la naturaleza y su orientación tradicional, favorecía el desarrollo de la fuerza religiosa.

Los lineamientos del medioevo criollo impuestos por la Iglesia llegaron a tales niveles que la enseñanza universitaria se enfocaba más en producir doctores en teología que hombres de ciencias aplicadas. Esta preeminencia de la Iglesia en el orden ideológico supuso que nuestra constitución la estableciera como religión oficial del Estado; por lo tanto, no es de extrañar que los principios escolásticos y medievales guiaran la educación en sus contenidos y métodos. Esta situación fue un terreno fértil para el desarrollo de la religión y facilitó a la Iglesia católica el dominio absoluto del medio cultural. Mantuvo un control monolítico y un constante rechazo a todos los que intentasen combatir o distorsionar el dogma y la tradición —pilares básicos de su doctrina—. Es más, fueron casi nulas las voces que se levantaron para poner en tela de juicio el papel hegemónico de su doctrina.

A consecuencia del dominio religioso en los estratos más humildes de la sociedad dominicana, el analfabetismo y la ignorancia predominaban, pues apenas los centros más poblados poseían una que otra escuelita con un reducido número de alumnos. Cabe destacar que estas escuelas eran financiadas por los ayuntamientos. Ahora bien, esas ayudas no se reflejaban en las zonas rurales, pues iban directamente a los lugares más poblados y económicamente progresistas.

A mediados de 1870, la penetración de las ideas filosóficas y liberales del siglo se manifestó con más fuerza en nuestro país, dando origen a sectores que adoptaron posiciones contrarias a la Iglesia católica en el campo de la educación, la política y la moral. El papel más significativo lo desempeñó Eugenio María de Hostos, alrededor del cual giraron las más duras polémicas con la Iglesia católica, sobre todo en lo que se refiere al laicismo en la educación. A raíz de esta oposición, monseñor Meriño encarnó el papel principal del lado de la Iglesia frente al laicismo.

Al afirmar que la sociedad dominicana era una sociedad de base agraria muy atrasada, y que en esta base social la Iglesia tenía su mayor hegemonía —y, por ende, el sector prácticamente no tenía acceso a la educación—, es evidente que sería la clase más afectada en términos de analfabetismo e ignorancia.

A raíz de lo antes mencionado, debemos formular la siguiente pregunta: ¿cuáles fueron las causas que impulsaron el pensamiento hostosiano en la sociedad dominicana? La respuesta a esta interrogante la podemos encontrar en el plano económico y social. Los aspectos son los siguientes:

A mediados de la década del 70, la economía dominicana inició un proceso cuyas resultantes dieron lugar a cambios que podemos calificar de cuantitativos respecto a la situación anterior. Con el auge que alcanzó el cultivo del tabaco en la región del Cibao, surgieron relaciones de producción capitalistas, incentivadas por el desarrollo de la industria azucarera. La inmigración cubana, producida como consecuencia de la Guerra de los Diez Años, introdujo el uso de la fuerza de vapor, dejando atrás el viejo trapiche de tracción animal y otorgando a la industria azucarera el dinamismo propio de una empresa capitalista.

Como es lógico suponer, todo este movimiento económico produjo una respuesta en el orden social, donde, concomitantemente, se dio una gran movilidad. Todo este engranaje económico abrió las puertas a la conformación de una clase burguesa que se apoderó de los medios de producción más importantes. Hay que destacar que las personas que formaron esta nueva clase eran, en su mayoría, extranjeros, pero también había un numeroso grupo de criollos. Es de suponer que la emergente burguesía recurriera a nuevas concepciones o, al menos, estuviera al tanto de lo que sucedía en Europa. Además, muchos de sus hijos y allegados, que frecuentaron centros de estudios metropolitanos, regresaban al país imbuidos de nuevas ideas. Esto significa que algunas ideas de la filosofía racionalista —que fueron el arma de la burguesía contra el pensamiento teológico feudal— entraban en vigencia en Santo Domingo, provocando un serio enfrentamiento con la Iglesia católica.

En síntesis, esos sectores fueron los que dieron apoyo a Hostos en el desarrollo de su obra, con la cual se expandieron las ideas modernas más rápidamente. Estos planteamientos revolucionarios en el campo de la educación buscaban romper con el escolasticismo religioso. Para ilustrar esta idea, Hostos consideraba indispensable formar un ejército de maestros que, en toda la República, militara contra la ignorancia, la superstición, el cretinismo y la barbarie. Frente a estas ideas, entendemos que el pensamiento hostosiano buscaba romper con la generación de esclavos voluntarios que vivían encadenados al poder humano y al poder divino.

Frente a esta situación, la Iglesia inició una recia ofensiva contra la filosofía hostosiana, ya que esta significaba revitalizar el laicismo que, en Europa, fue producto del avance de la ciencia y del gran desarrollo de la economía, los cuales propiciaron, a su vez, un descreimiento en los propósitos religiosos y sobrenaturales. Esto reafirma lo que hemos venido planteando: “El crecimiento económico y el auge de la burguesía en las zonas progresistas fueron los principales incentivadores del desconocimiento de la religión” (págs. 32-33, Peralta Brito, Rafael: Religión, filosofía y política en F. A. de Meriño).

El mismo Meriño veía en el hostosianismo la puerta abierta al ateísmo universal, que, con los avances de las ciencias, había dado pasos firmes en el cuestionamiento de la verdad y los dogmas religiosos. Frente a esta realidad, era imposible tratar de tapar el sol con un dedo, pues la ciencia había despojado de sustento muchos mitos que se tenían como verdades de fe. Eso creó serios revuelos en los sectores religiosos, sobre todo en el católico.

En definitiva, los planes de Hostos no iban directamente a la problemática religiosa, al menos en lo que a materia educacional se refiere: “Era absolutamente indispensable —dice Hostos— establecer un orden racional en los estudios, un método razonado en la enseñanza, la influencia de un principio armonizador en el profesorado y el ideal de un sistema superior a todo otro, en el proceso mismo de la educación común” (Rodríguez Demorizi, Emilio: Hostos en Santo Domingo, tomo I, pág. 149).

Por último, y a juicio de Hostos en relación con la educación, afirma lo siguiente: “La enseñanza es formar hombres para la humanidad concreta, que es la patria, y la patria abstracta, que es la humanidad, en cuanto formar razones y conciencias sanas”. La razón es, para Hostos, un organismo compuesto de organismos, de fuerzas que manifiestan su actividad por medio de las tres funciones básicas de la razón: sentir, querer y pensar. Como todo organismo, la razón, en cuanto función que llamamos pensar, tiene una necesidad y un propósito a cuya satisfacción apunta en su actividad: descubrir, conocer y poseer la verdad. Esto significa que la razón, en cuanto pensar, tiende al desarrollo de una representación conceptual sistemática de la realidad.

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