Saturday, March 7, 2026
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Educar sin brechas: un compromiso que nos toca a todos

En una misma mañana en mi país, dos niños viven realidades educativas opuestas. Uno camina más de media hora por un camino de tierra para llegar a una escuela con techo de zinc, sin biblioteca ni laboratorios, donde el pizarrón es su única ventana al conocimiento. Otro, en la ciudad, se conecta a internet desde su tableta, accede a videos educativos y recibe clases en un aula climatizada. Ambos son dominicanos, pero las herramientas con las que enfrentan la vida no podrían ser más distintas.

No hablamos solo de notas en un boletín. La brecha educativa es, en realidad, una brecha de oportunidades: determina si un joven podrá aspirar a un empleo digno, participar activamente en la democracia, o incluso comprender y defender sus derechos. En un país que invierte el 4% del PIB en educación, resulta doloroso constatar que la distancia entre lo que prometen las políticas públicas y lo que viven los estudiantes todavía es grande.

A propósito de que inicia un nuevo año escolar, este contraste se hace más evidente. Sí, se han construido miles de escuelas, pero muchas no han sido acondicionadas para un aprendizaje digno: faltan pupitres, baños en condiciones, sistemas eléctricos adecuados, materiales didácticos, e incluso techos que resistan una temporada de lluvias. Así, la inversión en infraestructura queda incompleta, como una promesa a medio cumplir.

A esta realidad se suma otro obstáculo silencioso: la inestabilidad en la dirección del sistema educativo. En los últimos años, hemos visto cambios frecuentes de ministro, cada uno con su propio plan, prioridades y estilo de gestión. Esto interrumpe la continuidad de políticas, retrasa proyectos, y deja a estudiantes y docentes atrapados en un ciclo de inicio constante sin consolidar avances. En educación, los resultados se ven a largo plazo, pero las decisiones se toman a corto, y así el sistema vive en un estado de reinicio permanente.

Es cierto que se han hecho avances. Se han aumentado salarios docentes y promovido programas de alfabetización. Pero la calidad no siempre ha acompañado a la cantidad. La tecnología que podría ser un gran igualador llega tarde o no llega. La inversión existe, pero no siempre se distribuye con criterio de equidad: quienes más necesitan, muchas veces reciben menos.

Esta desigualdad no es exclusiva de nuestro país. Chile, por ejemplo, logró mejorar el acceso y la calidad en zonas rurales fortaleciendo la formación de maestros y adaptando el currículo a las realidades locales. Uruguay apostó por la conectividad universal, dotando de computadoras y recursos digitales a todos los estudiantes, sin importar su código postal. No se trata de copiar modelos, sino de inspirarnos en ellos para construir soluciones propias.

La educación no es solo responsabilidad del Ministerio. Es un pacto social. Implica que las comunidades se involucren, que las familias valoren el aprendizaje más allá de las calificaciones, que los docentes reciban acompañamiento real, y que el sector privado vea la inversión educativa como parte de su compromiso con el país. Implica también reconocer que el talento está distribuido de manera equitativa, pero las oportunidades no.

Podemos comenzar con acciones concretas: programas de tutorías impulsados por universidades y voluntarios, proyectos de tecnología adaptados a contextos sin internet constante, planes de formación docente pensados para las realidades específicas de cada comunidad, y una evaluación constante de las políticas para medir su impacto real, no sólo su ejecución presupuestaria.

No hay país que crezca cuando sus niños aprenden en suelos distintos. Si queremos un futuro donde cada dominicano pueda aportar lo mejor de sí, necesitamos aulas iguales para todos. La educación no puede ser un privilegio condicionado por la geografía o el ingreso familiar. Es un derecho y, más aún, la base de todo desarrollo duradero.

Cerrar esta brecha es mucho más que un desafío técnico: es un acto de justicia. Y la justicia, como la educación, empieza por el compromiso de todos.

Por Erika Araujo.
Politóloga.

El Ancla RD
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