Saturday, March 7, 2026
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El poder que entregamos sin darnos cuenta

Por Darlin Joel Polanco Arias

El poder suele definirse como la capacidad de influir, decidir o mandar sobre otros. Tradicionalmente, lo asociamos al ámbito político, donde los ciudadanos, mediante mecanismos democráticos, cedemos parte de nuestro poder individual a las autoridades para que gobiernen en nombre del interés colectivo. Este poder se ejerce dentro de marcos legales, normas y procedimientos que buscan regular su uso y, al menos en teoría, limitar sus abusos.

Sin embargo, existe una forma de poder mucho menos visible, pero profundamente más peligrosa: el poder emocional. A diferencia del poder político, este no se impone ni se regula; se concede voluntariamente cuando una persona entrega a otra la capacidad de influir sobre sus emociones, decisiones y estabilidad interior.

En las relaciones humanas, especialmente en las sentimentales, el poder rara vez está distribuido de manera equilibrada. En la mayoría de los casos, quien ama más es quien entrega más poder. Esta cesión no suele ser consciente ni racional; nace del afecto, la confianza y la esperanza. El problema no radica en amar, sino en entregar poder emocional a quien no sabe, no quiere o no puede ejercerlo con responsabilidad.

Mientras el poder político se ejerce mediante leyes y actos formales, el poder sentimental opera a través de la palabra, el silencio, la ambigüedad y las expectativas creadas. No necesita violencia ni fuerza para causar daño. Basta una conducta incoherente, una promesa vacía o una ausencia injustificada para generar un profundo desequilibrio emocional en quien ha cedido su soberanía afectiva.

El amor, palabra breve y constantemente utilizada, posee una fuerza capaz de transformar vidas. Sin embargo, cuando se ejerce sin conciencia, puede conducir al error, al caos emocional y al fracaso personal. El daño que se produce no siempre es intencional; muchas veces nace de la inconsciencia. No obstante, la ausencia de intención no elimina la responsabilidad ni reduce el impacto del daño causado.

Desde una perspectiva ética, el verdadero conflicto surge cuando el poder emocional concedido es utilizado de forma incorrecta: cuando se manipulan sentimientos, se juega con la vulnerabilidad del otro o se ignora deliberadamente el efecto de las propias acciones. En esos casos, el dolor no proviene del amor en sí, sino del abuso del poder entregado.

Es importante comprender que amar no debe implicar renunciar a la soberanía emocional ni entregar el control de la propia vida. El afecto no justifica la cesión absoluta del poder interior. Ninguna relación sana puede sostenerse sobre la pérdida de la autonomía personal.

Entender esto no endurece el corazón ni deshumaniza los vínculos. Por el contrario, fortalece la conciencia individual y permite establecer relaciones más justas, equilibradas y responsables. Solo quien conserva su poder interior es capaz de amar sin destruirse.

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