Autor: Sergio Terrero Bello
¿Cómo sabemos que lo que sabemos es cierto? Esta es la pregunta central de la epistemología.
Tradicionalmente, al hablar de epistemología se hace referencia al conocimiento científico desde la perspectiva occidental. Sin embargo, es pertinente preguntarnos: ¿qué ocurre con el conocimiento ancestral que ha sido transmitido a lo largo del tiempo mediante los múltiples mecanismos que posee la cultura para crear y recrear saberes?
Desde la antropología, a través de estudios etnográficos, se ha documentado una vasta cantidad de conocimientos populares que operan dentro de áreas culturales específicas y que responden a las necesidades concretas de los miembros de esas sociedades. Estos saberes, muchas veces invisibilizados por el etnocentrismo de la ciencia positivista, merecen ser comprendidos mediante una epistemología que no los mida con los parámetros del pensamiento hegemónico occidental. Como afirma Boaventura de Sousa Santos (2009), “no hay conocimiento ignorante, hay ignorancia producida por la arrogancia del conocimiento dominante”.
Se hace necesario, entonces, aplicar una epistemología al conocimiento popular que permita estudiar y entender profundamente su naturaleza: cómo se adquiere, cómo se justifica como verdadero y cuáles son sus límites. Para ello, es imprescindible descolonizar nuestras formas de conocer, apartándonos del paradigma positivista y abriendo paso a nuevas miradas que valoren los métodos, técnicas y formas de validación propias de estos saberes comunitarios, profundamente ligados a la vida cotidiana y a la solución práctica de los problemas locales.
Como plantean Catherine Walsh (2005) y Aníbal Quijano (2000), es fundamental abrir paso a una epistemología decolonial que reconozca la pluralidad de saberes y desafíe la colonialidad del saber impuesta desde la modernidad. En este sentido, el conocimiento popular no puede seguir siendo considerado como pre-científico, folclórico o meramente empírico, sino como un campo legítimo de producción de sentido, de racionalidad y de verdad, sustentado en otras formas de experiencia y validación.
La antropología, en su quehacer científico, ha contribuido a visibilizar esta riqueza de conocimientos que, más que productos de consumo, son expresiones vivas de identidad, resistencia y autoafirmación. El conocimiento popular, heredado de la experiencia colectiva, se posiciona como una alternativa crítica al modelo capitalista, que tiende a mercantilizar todo lo que toca. Como señala Arturo Escobar (2014), “los saberes locales tienen un potencial emancipador que puede contribuir a imaginar mundos más allá del desarrollo, del mercado y del Estado”.
Este saber promueve la democratización del conocimiento, reconociéndolo como patrimonio colectivo y motor de transformación social. En consecuencia, urge una reflexión profunda orientada a conocer y valorar el conocimiento popular desde una epistemología descolonizada, capaz de romper con los límites impuestos por la filosofía occidental dominante y abrirse a otras formas legítimas de comprender el mundo.



